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Centenario de Alberto Moravia: un estilo a reivindicar.

Los seres humanos somos simples y caprichosos. Estas dos características ayudarían a entender nuestro vicio absurdo y eterno por las clasificaciones, práctica morbosa y desaconsejable si se refiere al mundo literario. No sé si existe un ranking de escritores italianos del siglo XX. Servidor, como ven he entrado temporalmente en el juego qué tanto odio, colocaría en primer lugar la maravillosa prosa lírico-simbólica de Elio Vittorini y en el segundo escalón del podio a la revolución silenciosa, como su rica vida de anonimato y muerte prematura, de Italo Svevo. El tercer lugar estaría muy disputado y podrían entrar, mientras escribo me doy cuenta de haber olvidado la magna presencia de Pirandello, varios literatos, entre ellos Alberto Moravia, de quien en este 2007 se cumplen cien años de su nacimiento en Roma.

Quien espere encontrar en estas líneas una simple reseña biográfica del autor de Gli indifferenti puede ir cerrando el link; le recomiendo adquirir Vita di Moravia, un libro entrevista publicado en 1990 donde encontrará toda la información que desee. Mi cometido es algo más complejo. Desde mi posición personal y profesional albergo una enorme preocupación por el veloz exterminio del escritor comprometido, un rara avis incómodo que si antes no gustaba, ahora aún menos. Moravia es un ejemplo de este tipo artístico, y su existencia, no sólo su obra, lo justifican plenamente.

Alberto Moravia fue un enfant terrible que transcurrió sus primeros años de actividad en un momento realmente complicado. Cuando “Entró Carla” en el panorama literario transalpino no se podían prever las consecuencias del hecho. Gli Indifferenti, publicado en 1929, supone el primer zapatazo con clase ante la mesa fascista. La burguesía acomodaticia de entonces quedaba retratada con sus miserias y el magno escritor romano se erigía, algo impresionante, en una especie de precursor de una de las corrientes más importantes del siglo XX: el existencialismo.

Pocos años después, momentos de intensa actividad con el proyecto de Le ambizioni sbagliate, Moravia escribió un relato que siempre- desde los crímenes fascistas de otrora pasando por la masacre del Circeo hasta llegar a los tantos luctuosos hechos que llenan las páginas de sucesos- tendrá vigencia y que tendría que ser de lectura obligada en las escuelas de todo el mundo. El delito en el círculo de Tenis es la perfecta disección de la noia dei ricchi, esa clase social que existe y actúa en silencio, tranquila al poseer al famoso poderoso caballero de Quevedo. La denuncia de Pincherle era también, bajo un velo no muy sutil, una protesta contra la clase que dirigía el país y lo sumía en una inquietante mediocridad que afectaba a casi todos los niveles de la vida socio-cultural.

Sirvan estos dos ejemplos para entender como un chico sabía enfrentarse a su tiempo con la pluma desafiando a la espada. Cuando cayó el fascismo Moravia transformó su empeño a los nuevos tiempos. Tuvo la suerte, que nunca es tal, de ver como muchas de sus obras recibieron dignas, en muchos casos que no todos, adaptaciones cinematográficas. El período que va de 1945 hasta la muerte de Pasolini, donde Moravía y su discurso abbiamo perso un poeta marcaron época, nos muestra a un hombre, el chico ha quedado atrás, incomprendido hasta cierto punto- creyendo muchos en una fortuna económica que no existía, al menos en 1945- y en una condición de escritor burgués que en mi opinión era un cliché de aquellos que detestaban su elegancia en cualquier ámbito vital.

El Moravia del post fascismo ha sido paragonado, quizá por sus Racconti romani, a cierta poética neorrealista, cuando en realidad su prosa de esos años sigue siendo especialmente avanzada. La historia cultural italiana ha dejado a Pasolini, gran amigo de nuestro homenajeado, como el apóstol que advirtió de los peligros de la homologación y su trascendencia para entender la pérdida de la diversidad itálica. Quizá Moravia no fue tan contundente con Pasolini, ¡Lettere luterane!, pero supo hilar con fina sutileza un discurso de novelista de ideas que avisa del pésimo futuro mediante una obra fundamental, que Bertolucci adaptó con cierta brillantez, como Il conformista, donde las ganas de Marcello por formar parte del montón no pueden sino recordar el pésimo panorama contemporáneo, patético momento histórico en que el pensamiento único parece campar a sus anchas.

La desazón Moraviana alcanza vértices admirables con otras dos novelas- también adaptadas al celuloide, en este caso por Jean Luc Godard y Damiano Damiani- de gran contenido ideológico, en sentido de ideas, de incitar al pensamiento en relación al hombre contemporáneo, como son Il disprezzo y La noia, textos que a un cinéfilo podrían remitir a ciertas coordenadas propias de Michelangelo Antonioni que, sin embargo, ven la luz literaria, anterior a la trilogía de la alineación del maestro de Ferrara, y ponen a prueba la capacidad del lector, que con textos de este raigambre no puede sino discutir y reflexionar sobre su tiempo presente y buscar respuestas, desesperadas respuestas.

Una operación similar, si bien con más contenido político, llegará con La vita interiore, publicado en 1978 justo cuando el país vivía una de sus peores horas con el secuestro y ejecución de Aldo Moro. La temática del libro muestra un autor que sabe leer su época y protesta con rabia a través de sus frías preguntas, que encuentran en la voz de la protagonista el reflejo de una desesperación irracional terrible, la misma que sacudió a Italia durante los inolvidables, en sentido negativo, Anni di piombo.

Hasta sus últimos días, que no años, Moravia luchó. Quien no le conozca y vea su savoir faire en sociedad pensará, repetimos, en un burgués con estilo. Estilo tenía y mucho, pero era de una sustancia anómala, aquella que genera reflexión y del todo llega a las partes, tanto en vida como en literatura.

Sus reflexiones sobre la bomba atómica, su puesto de diputado europeo con el PCI, sus viajes interminables ( si Casanova recorrió 65000 km , Moravia dio la vuelta al mundo en 60 largos años) y la muy gramsciana esperanza resignada del escritor maduro son pruebas suficientes para elevar a un particular altar a un hombre que decidió combatir las armas sin armas y chillar sin gritos, hablando como las personas para las personas con la firme voluntad de honrar la profesión de escritor, su función social como conciencia consciente crítica y un irrefrenable deseo de crecer. Si él mismo decía que estaba más orgulloso de su vida como persona que como autor por algo sería. No era por la calidad de los textos escritos, sino por qué entendió, ya a las puertas de la muerte, que su principal papel había sido el de ser un gran escritor aún cuando la tinta reposaba a la espera de nuevas letras. El compromiso es fundamental y en ocasiones parecemos olvidarlo.

JORDI COROMINAS I JULIÁN

 

     
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
     
 
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